Nota 8
La naturaleza no había sido buena con Anabelle.
La naturaleza no había sido buena con Anabelle. Era tal su deseo de escapar, que a veces se imaginaba corriendo por los campos, una india salvaje, con ganas de descuartizar a todos sus enemigos con sus manos, para robarles el corazón y dárselo a los dioses primitivos. Eran pensamientos demasiado impuros para ella, por eso cuando se quedaba con sus hermanos los transformaba en cuentos de terror.
Sin embargo, si hubiese un momento que tuviese que estar en la cima del desastre, tenía que ser este mismo que estaba viviendo, contándose a sí misma, como si así pudiese ser menos traumático. La madre, con los ojos blancos, pupilas enormes negras, aliento a ajo, encorvada, bruja desconsiderada, avanzando lento con el cuchillo en la mano.
Anabelle, lo primero que hizo al ver esa escena fue saltar para proteger a sus hermanos. Ateridos, delgados, llenos de piojos, mugrientos, con dientes sueltos, sin zapatos ni uñas que comer. Gatitos bebés ante el adulto, indefensos frente al balde de agua.
El cuchillo se les acercaba con lentitud desesperante. —Debería correr— pensó la chica, pero ancló más los pies al suelo, extendiendo los brazos para abrazar a los pequeños. Los gatos flotando en el agua sucia, la madre diciendo que era lo correcto, la mano enorme agarrando lo ínfimo. Ella susurrando oraciones para que revivieran de su sueño eterno, los gatos descompuestos en el patio comidos por los cuervos, implacables ante los gusanos. Ellos estarían en una ordenada fila en el patio, esperando ser devorados por otros o llevados en la basura. ¿Acaso a alguien le importarían sus gritos? Allá donde las infancias piden auxilio sin recibir respuesta alguna.
Los gatos, el balde, la muerte, el hambre, los olores, los gusanos, los cuervos, la selva, el corazón roto, la sangre coagulada, la tierra, el pasto, el cielo, la libertad, la realidad entretejida entre saltos y piruetas. Los zapatos rotos, la ropa sucia y el amasijo de clavos debajo de las camas, los cinturones y palos. Todo se cortó abruptamente cuando la puerta se abrió, entró el padre y golpeó a la madre deteniéndola. La sensación de alivio fue tan brutal que Anabelle cayó de rodillas al suelo.
Así vivió durante tanto tiempo que olvidó que existía la bondad en el mundo. Cerró las puertas para todo aquello que supiera a ternura y se hizo esclava de la sensación de estar dando vueltas en círculos, con las garras listas para el ataque.
Hasta que un día conoció a alguien que no esperaba nada de ella.
Y ella tampoco supo qué esperar de él.
Entonces aprendió a esconder las garras.
El tiempo suficiente para aparentar ser normal.
Sin embargo, dentro de la palma, las garras destrozaron su piel, dejando marcas que cargó para siempre. Y cuando fueron liberadas, no tuvieron piedad con nadie.
Ni con ella misma.


