Katábasis
Nota mental: no volver a confiar en BookTok.
Hoy terminé Catábasis.
Le dedico esta entrada a Esther, cuya reseña honesta de este libro me animó a leerlo. Les dejo su Substack de poesía por si quieren pasarse. Aquí :)
Hace bastante rato que estaba tratando de leer a R. F. Kuang, sobre todo porque mucha gente la considera su escritora favorita. Sin embargo, parte de sus lectores te advierten sobre lo complejas que son sus lecturas. Traté de empezar con “La guerra de la amapola” y me sentí abrumada al inicio. Después traté de leer “Babel” y nuevamente no logré enganchar en las primeras páginas.
Con “Catábasis” pensé que se repetiría la historia. Cuando supe que la premisa se enmarca en un viaje a los infiernos, quise leerla de inmediato. Pero nuevamente empezaron las reseñas a resaltar lo difícil que era, que había que leer: “La Odisea”, “La Eneida” y, obviamente, “La Divina Comedia”. —Bueno —pensé—, de algo sirve haber leído esas tres obras. Aún así tenía miedo de leerlo y no entender nada.
Empecé a leerlo. Sí, hay partes que son complejas: citas a filósofos, la magia analítica y funciones matemáticas para explicar el infierno. Sin embargo, no es necesario, para nada, haber leído todo lo que mencionaron en las reseñas. Creo que esas citas están puestas para que la construcción de personajes sea más creíble: son estudiantes de Cambridge, van a hablar de cultura y sobre todo de lo relacionado con la palabra, el infierno y otras etimologías.
Pero no creo que el viaje a los infiernos sea lo más importante de la lectura. Antes de empezar, les cuento que la premisa de este libro son dos jóvenes que van a buscar a su profesor para que les pueda dar una carta de recomendación. Sencilla. De Catábasis me quedé con dos grandes temas: el abuso institucional y la alegría de estar vivo.
La academia:
«Cada artículo publicado, cada invitación a una conferencia, provocaba en ella un ataque de pánico, una respuesta de lucha o huida, algo que nunca se le había dado bien disimular.»
No sé por dónde comenzar a hablar de este tema. No sé si la gente sabe o conoce a cabalidad cómo funciona la academia en general. Las personas mayores solían decirme en la infancia que la universidad era demasiado terrible y muy exigente. Y sí, es una de las características de la institución: forjarte con mano de hierro en lo que sea que estés estudiando, generando ataques de pánico, sin saber qué hacer primero, abrumada por la cantidad de cosas que hay que leer, comprendiendo que eres demasiado ignorante y que, quizás, tratar de entrar a ese engranaje es casi imposible. Para mí, esta experiencia pasó sobre todo el tercer año, en el cual abandoné la idea de trabajar como académica, reconociendo que no era valiosa ni tampoco podía moverme en esos códigos.
«Alice sintió que otra cosa distinta a la magia no era una opción. Acabaría convertida en una maga titular o moriría en el intento. No se imaginaba otra vida que mereciera la pena.»
Pensaba que la experiencia que viví estaba relacionada solo con el instituto donde saqué el título. Me siento tonta escribiendo esto, pero al leerlo me di cuenta de lo naturalizado que tenemos el abuso que se ejerce hacia los estudiantes. Alice es quien los recibe directamente, e incluso menciona el placer de estudiar al profesor para saber «manejarlo» cuando lo embargan los arranques de ira, gritos e incluso golpes.
«—¿Te obligó a hacerlo?
—Quise hacerlo yo —declaró Alice, y sintió que el pecho le retumbaba con violencia. Sí, así era, sabía que eso era cierto—. Yo le di permiso.»
La protagonista cree que su profesor no es una mala persona, lo defiende de todos los que hablan mal de él, porque es parte del ecosistema, algo que se supone debe existir en la academia. El hombre grande, de voz profunda, al que no puedes mirar a los ojos, que está en el pináculo del saber, que está enojado con sus estudiantes porque no pueden seguirle el paso a su vertiginoso conocimiento. Sistemático, silencioso y brutal, tomando el cuerpo de Alice, quemándola con el tatuaje, haciéndola partícipe de rumores de pasillo, todo en pos de una supuesta investigación de la cual ella se llevó todo el peso, tanto académico como físico y mental. Pasa, mucho más de lo que se habla, y termina con las intenciones del profesor de llevarlo al plano carnal, obligando a Alice a besarlo. Lo triste es que ella nunca lo culpa; se culpa a sí misma por esa sensación de saber controlarlo, por ponerse ropa provocativa, por sonreírle a modo de coquetería. Sin embargo, la mente de Alice, que todo lo recuerda, nos narra que ella le dijo no. Y con eso, cualquier persona, sea eminencia o no, debería detenerse.
Al final, ella consigue ver al profesor como realmente es: alguien patético, solo y triste. Para después darse cuenta de:
Hay cosas más importantes.
«Tan solo se habían saludado con la mano desde cada lado del precipicio. Quizás unas líneas paralelas pudieran encontrarse en el infinito. Quizás. Había mucho que decir y, milagrosamente, toda una vida para averiguar cómo hacerlo.»
Debo decir que durante el ochenta por ciento del libro estaba nerviosa, no tenía idea de cómo resolverían eso de regresar del infierno y todas esas cosas. Imaginé una resolución compleja, que el profesor la ayudaría (yo también caí, al igual que Alice, pensando que el sujeto serviría para algo) o incluso que ella se quedaría vagando por el desierto hasta el final de los tiempos. Jamás pensé que terminaría con ese cierre tan fantástico y cierto.
Es maravilloso estar vivo.
«Eso fue lo que hizo, con mucha fuerza, porque si se pegaba a él lo suficiente podría convertirse en su escudo y protegerlo de todo el universo. Pensó en el milagro que suponía ser una persona. Ocupaban muy poco espacio. La diferencia entre presencia y ausencia ni siquiera era un metro cuadrado de materia. Aun así, ahora que Peter estaba allí, el mundo entero parecía brillar con más intensidad.»
En el infierno habitan las sombras, la esencia de las personas que vagan por ese espacio infinito y curvo, buscando la aprobación para reencarnar. Sin embargo, hay algunas que se resisten a ello, porque para pasar por ese proceso hay que renunciar a toda la vida pasada. Entonces vagan por diversos parajes tratando de emular la sensación de estar vivo, pasando por placer e incluso oleadas de dolor, todo lo que les recuerde que alguna vez respiraron. Poéticamente, no hay castigos en el infierno, porque es suficiente con extrañar la mortalidad, que es lo que nos hace humanos. Alice, en medio de este viaje, se da cuenta de que hay cosas más importantes que la academia. Que el mundo es precioso, que cualquiera de esas almas daría todo por volver a existir.
«¡El mundo estaba repleto de cosas! La luz del sol en los jardines universitarios, las cenas en el comedor de patatas frescas con mantequilla y hierbas. La lluvia repiqueteando en los tejados de las residencias. El agua acumulándose en la calle, las gotas gruesas que creaban pequeñas ondas. Botas que chirriaban, guantes húmedos, tazas de té caliente, hojas sueltas que flotaban hacia arriba. No podía creer que pudiera recuperar todas esas cosas. Parecía un trato demasiado bueno para ser real, que hubiera entregado un pequeño granado a cambio de la miríada de cosas del mundo. ¿Cómo podía merecer una vida? ¿Quién podía merecerla?»
Increíblemente, un libro que está plagado de conocimiento por todos lados, que te habla desde el corazón de la academia, que viaja hasta el centro del infierno, al final termina recordando algo tan simple y tan complejo a la vez.
Hay cosas mucho más importantes que la academia.
No les voy a mentir: me dolió saber que no era suficiente para la academia. Fue un duelo mucho más largo de lo que podría contar. Sin embargo, me siento feliz en este espacio que he construido, donde analizo y leo todo lo que quiero. Quizás son pocas personas las que están aquí, pero son valiosas: me leen, algunas me debaten (siempre desde el respeto), otras se quedan. Me he dado cuenta de que el conocimiento no les pertenece a ellos, y de que soy feliz. En este espacio, aquí y ahora, soy feliz escribiendo de lo que me gusta.
«No había una respuesta, solo una bendición asombrosa e inexplicable, y lo único que podía hacer a cambio era simplemente vivir.»
Tomando tecito, con mi gato y mi familia. Agradecer que, a pesar de todo, seguimos con vida. Seguimos aquí. Es suficiente para ser feliz.
M. H.





Uy, yo tengo todos sus libros, pero aún no he empezado a leerlos. Creo que empezaré por Yellowface, que fue el primero y me tiene pinta de ser más sencillo (no tengo yo la cabeza para la Divina Comedia, pero a Katabasis le tengo muchísimas ganas por todo lo que he leído bueno y malo de ella, creo que me va a encantar).
Gracias por la reseña ...
Me ha encantado!! Gracias por mencionarme y por leer el libro y esta reseña tan guay 💞