Eterno
Es amor lo que sangra - Sobre el techo en la cúpula - Lo que sangra - Soda Stereo
Hay una especie de aroma extraño que se derrite en las paredes del museo. A veces, le da miedo entrar, porque las almas aún están enfadadas. Sin embargo, hoy el hechizo del terror no lo ha dejado clavado en la puerta y se ha decidido a entrar.
Samuel estaba paseando por los rincones de aquel mítico lugar. Se enojaba de tanto en tanto con los idiotas que no eran capaces de guardar silencio. Pero entendía que no tenía agencia en esos espacios de contemplación hacia el arte. Además, se dijo, debe ser bueno que niños pequeños vean algo decente de tanto en tanto.
Necesitaba distraerse de tanto ruido, entonces se puso los audífonos con canceladores de ruido que tanto le aparecían en instagram hasta que los compró, porque le dió pena que el algoritmo se equivocase. Le hubiese encantado que ese moderno oráculo fallara, devolver el objeto con sonrisa satisfecha, un pequeño triunfo frente a la amalgama tecnológica que ya no lograba entender del todo. Lamentablemente el algoritmo era terroríficamente preciso… incluso con alguien cómo él.
Estaba tan embebido con sus propios escenarios funestos sobre el futuro, que no se dió cuenta cuando quedó frente a “La muerte de Marat”. Samuel frunció el ceño al ver esa pintura, reconocida en su técnica, luces y sombras.
Morir es imposible.
Aunque Samuel se cortase sus venas, aunque la sangre tiñera todo, aunque su piel quedase del blanco terrible. No pasaba nada más. Quedaba pegado mirado hacia el cielo, respirando, oliendo y viviendo, atado a esa tierra maldita que no lo dejaba despegarse del suelo y fallecer.
Ese tampoco fue uno de sus primeros intentos. Samuel retiró la vista del cuadro, porque no había venido a ver eso, esa especie de burla que el pintor hizo cuando posó para él y le demostró que seguía caminando a pesar de todo. Lo había odiado tanto, porque se suponía que la obra sería quemada después de su producción.
El hombre se alejó de sus pensamientos nefastos. Por eso evitaba entrar pero… la extrañaba tanto. Los corredores se le hicieron eternos, porque avanzaba un paso y retrocedía tres. Que terrible, pensó, que los latidos de su corazón siguieran con ese ritmo voraz, a pesar del tiempo, la distancia, el dolor y el olvido. Hay cosas, se dijo, que nunca podrá olvidar, porque se quedaron arraigadas en esa mente, tatuadas en su corteza prefrontal, petrificadas en las neuronas que se negaban a morir,
Se quedó parado frente a la estatua de ella. Esa que él mismo había hecho con sus propias temblorosas, temiendo a cada instante arruinar el pedazo de yeso y no retratar la belleza de Rebeca. Ella se reía, se reía siempre de sus manos torpes y sus bocetos eternos.
—No hay caso —le dijo ella un día y tomó el pergamino para dibujarse.
—Es… perfecto Rebeca —había dicho Samuel con la boca abierta, cegado ante el prodigio —¿cuándo aprendiste?
—Te he visto hacer eso tantas veces, tendría que ser muy torpe para no aprender aunque fuese un poco.
Tiempo perdido, tiempo retrsado, tiempo ancestral. Rebeca había nacido en una época donde jamás mostraría su talento al mundo. Por eso le había dejado ese único dibujo a su cuidado, para que él hiciera esa estatua que le prometió la primera vez que la vio.
Rebeca pasaba todos los días en su taller. Samuel se había encargado de tenerla cerca de él. Las mujeres no paseaban por Grecia sin permiso de un varón, por eso él la había desposado apenas la conoció. Aunque ella no opuso resistencia ante ese compromiso abrupto, porque no tenía permiso para hablar, se dió cuenta que fue muy afortunada de tenerlo.
Samuel había encontrado a Rebeca y, a pesar de todo, quiso darle una vida normal y apacible. En medio del jolgorio del casorio, él le prometió hacerle una escultura gigante, un pedazo de mármol que conservaría para siempre en su corazón. Ella se había reído, la primera vez en su vida y asintió con algo de vergüenza.
Pasaron los días, los meses y los años. La estatua conservó la gracia de ella, su forma, su perfil de diosa griega. Pero no pudo replicar su voz, colores y pensamientos demasiado adelantados a su época. Samuel la vio envejecer demasiado rápido entre sus dedos, viendo los cabellos caer, los ojos volverse ciegos y ella perdiendo su memoria. Samuel por el contrario, se quedó estancado en una belleza triste, teniendo que alejar su presencia de todos para que no sospecharan de que su esposa le era infiel consigo mismo.
La última vez que la tuvo entre sus brazos ella le tocó la cara y por un brevísimo instante lo reconoció.
—Estas igual que el día del matrimonio —dijo sintiendo a la muerte respirar en su nuca.
—Sí… —murmuró él apretandola contra su cuerpo.
—¿Hace cuanto? —le cuestionó ella —¿hace cuánto estás vivo?
Samuel no quiso contar los años que pasó antes de encontrarla. Era demasiado tiempo y ahora era inutil. Rebeca se moriría y él seguiría vagando por los rincones de este mundo enorme y solitario.
—No importa.
—¿Por eso la estatua era tan importante?
—Sí —dijo él —porque no quiero olvidarte
—Lo harás —dijo Rebeca y le acarició la nariz —el futuro debe ser fantástico.
—Tú eres fantástica…
Samuel volvió a la realidad al toparse con el cordón de terciopelo que impedía que la gente tocase la estatua con sus dedos grasientos. Rebeca se había marchado para siempre, y él odiaba darle la razón a ella.
La estaba olvidando. Con cada día que pasaba había huecos en su vida con ella que no lograba encajar. ¿Cómo había sido la primera palabra? ¿era buena cocinando? ¿Era él quien se encargaba de las tareas? ¿cómo cerraba los ojos cuando le llegaba el sol? ¿Cuántas veces se enfermó? ¿cómo sonaba su voz cuando estaba enojada? ¿Cuál era el color de sus ojos?
Tantas cosas que la estatua nunca sería. Porque nadie tenía idea de donde había nacido esa bellísima ninfa, que cuando fue profanada por los ingleses se la trajeron a ese país, argumentando que era una de las hijas de Zeus. Rebeca nunca más existió, ahora solo había un pedazo de mármol que la gente insistió que era la representación de Atenea.
Samuel acarició el cordón con sus dedos temblorosos, tratando de controlarse para no caer presa del pánico, obligándose a mirar a la estatua a los ojos, recuperando y contando todos los recuerdos que su cerebro aún tenía.
No le dejaría morir.
Ella se quedaría con él.
Porque estaba mintiendo. En todo este tiempo se estaba engañando. No estaba en el museo solo para ver esa figura tan amada. Estaba por otra razón, porque sabía que ella volvería a pasar por ese lugar. A veces, tardaba un poco, porque era una figura errática que se escapaba de entre sus dedos. Enterró los dedos en el cordón, respirando, esperando la aparición divina.
En ese momento se quedó paralizado. Una chica con el mismo cabello, las mismas manos, el mismo aroma, la misma forma de caminar pasó a su lado y señaló a la estatua.
—¡Soy yo! —le dijo a un niño que la acompañaba. Los familiares que la acompañaban rieron desconcertados.
—¿Eres una diosa acaso?
—Claro que no —dijo ella —yo creo —dijo la mujer —que la gente está confundida, ella es solo una mujer normal. Ojalá haya sido feliz.
Samuel tiró del cordón de esa frase. Ahí estaba la vida que tuvo con Rebeca. En esas sencillas palabras dichas por su doble, quién estaba viviendo ahora, libre de todas de las imposiciones del pasado, paseando por Roma y comiendo frutos secos de una bolsa que trajo de contrabando. La doble lo vió por el rabillo del ojo, pero él la miró casi con asco, haciendo que la doble de Rebecca huyese espantada.
No era capaz de vivir de nuevo la muerte. No era capaz de reemplazarla con su doble, aunque todo su cuerpo la llamase con vehemencia. Aunque su aroma fuese cautivante, aunque sus partículas se sintieran unidas por algo más espeso que la sangre.
La vio mirar las pinturas. La vio mirando la muerte. La vio conversando. La vio ser feliz. La vio decir todas las palabras que Rebeca no dijo en vida. La vio siendo feliz.
Era suficiente, se dijo.
Era suficiente para una eternidad más.
Se fue del lugar con los audífonos puestos, aplacando los sonidos de su corazón.



