Distorción II
“I Never Met a Girl Like You Before”
Carta dos: Por Esteban
“I Never Met a Girl Like You Before”
Alondra, a duras penas puedo recordar por qué comencé a redactar esta carta. Supongo que es fácil que se me contagien tus raras costumbres, como escribir biblias completas hacia esa persona que amas, para luego sencillamente quemarlas enfrente de la playa cerca de donde estudiamos.
Alondra, siempre he querido decirte tantas cosas. Cosas cursis, cosas malas, cosas buenas, cosas pervertidas. Un enorme tesoro de palabras se acumula debajo de mis ojos que siempre te están mirando, aunque tú seas una completa despistada y nunca te percates de que te vigilo.
Jamás podré olvidar el momento en que te conocí. Cuando llegaste atrasada a la clase con el profesor más odioso de la galaxia, tratando de entrar por la parte trasera. Yo me sentaba atrás, con mis pensamientos y mi corazón roto, sin ganas de hablar con nadie, y vi tu figura detrás de la puerta. Los cabellos revueltos, la mirada clara y la piel morena; algo en ti me impactó de inmediato y no supe qué era hasta mucho después.
No golpeaste la puerta. Te quedaste mirándome pidiendo ayuda en un lenguaje secreto. Mucho tiempo más adelante, cuando nos convertimos en estos extraños amigos, me daría cuenta de que era algo que solo entendíamos nosotros. En ese instante no supe qué se gestaba; solo abrí la puerta aprovechando que el profesor estaba distraído halagando sus propios artículos de investigación.
Te sentaste a mi lado y acomodaste tu largo cabello, dejando el espacio con ese aroma que nunca supe qué era. ¿Chocolate, vainilla, lavanda? No lo sé. Solo comprendo que es tu aroma particular, que no encuentro en ningún otro rincón. Me viste con tus ojos verdes y me dijiste “gracias” sin palabras, cortándome el aliento y obligándome a sostener mi mirada sobre mis anotaciones. Te acercabas a mirar los apuntes para ponerte al corriente, y yo solo pensaba que eras brillante, luminosa y casi irreal.
Después vino todo lo demás. La amistad nacida de tus empujones, las conversaciones infinitas en vez de estudiar, las fotografías, los incontables dibujos que hice de tu rostro, pero que nunca me dejaron satisfecho. Sin embargo, no fue sencillo percatarme de mis propios sentimientos. Fue una pelea constante entre tu cara llena de tristeza y las otras veces que te veía sonreír sin razón. Siempre quise preguntarte cómo logras realizar ese gesto con tanta naturalidad, con tanta facilidad, con tanta sinceridad. Como si recordaras lo mejor que te hubiese podido pasar en tu vida.
Pero tenía miedo. ¿A quién le podía pertenecer ese gesto? Estaba claro que no era para mí, ni para tu pololo (a quien por cierto solo vi una vez, pero ni por asomo esa sonrisa se apareció esa vez). Entonces, ¿a quién?
La respuesta me llegó más pronto de lo esperado. Estábamos frente a la playa, ¿te acuerdas? De alguna manera extraña habíamos quedado juntos mirando el atardecer. Tú me viste que me senté en la arena y, con esa gracia ufana, te sentaste apoyada en mi espalda mirando las olas, sin percatarte de que mi pulso se aceleró de manera inmediata, mi tez adquirió un tono rojizo y las manos me temblaban.
Porque tú estabas envuelta en esa atmósfera que yo tan bien conocía. A veces parecía que podías desconectarte de la realidad, sacar los pies de la tierra y sencillamente perderte en recuerdos lejanos. Esos recuerdos tan poderosos que te arrancaban los gestos más sinceros que alguna vez vi en mi vida.
Me enamoré de eso. ¿Estupidez o masoquismo? Nunca pude saberlo. Una cosa era cierta: hubiese dado cualquier cosa porque me miraras de esa manera alguna vez. ¿Solo de eso? No lo creo. Sin embargo, es de lo único que no pude salvarte, y es eso lo que más me pesa.
¿Dónde me quedé? Ah, ese día. Tus ojos estaban tan tristes, estabas tan pálida y ojerosa que, por fin, la pregunta salió casi disparada de mi boca:
—¿Quién es Alondra?
Un escalofrío recorrió todo tu cuerpo. Apretaste los puños y la boca, miraste hacia los pies y finalmente soltaste un:
—No es nadie, Esteban.
—No te creo —respondí secamente.
Tus ojos verdes me observaron con tanto dolor que vi quebrarse el alma detrás de las pupilas agotadas. Tuve muchísimo miedo. De pronto no quise saber nada, solo quería que no volvieras a llorar.
—¡Lo siento! Lo que pasa es que… —comencé, dispuesto a disculparme.
Tu mano blanca, delicada y pequeña se posó en una de mis mejillas.
—No es necesario que te disculpes, Esteban. A decir verdad, me sorprende que te hayas percatado… nadie más parece hacerlo.
Volviste a darme la espalda mientras el mar seguía oscureciéndose. Comenzaste a relatar una historia sobre una joven que se había enamorado sin remedio, idéntico a un hechizo maligno porque parecía no tener cura ni fin. Enredada en el pasado, clavada en pupilas azules —las de él—, presa de un sentimiento horrible y maravilloso, idéntico al océano que teníamos frente a nosotros.
—Hay veces que no puedo evitarlo —sollozaste—. No puedo evitar acordarme de él, de su voz y de sus gestos. —Volviste a mirarme directo a los ojos—. No quiero seguir cargando esto… ¡No es justo!
Alondra, en ese momento quise decirte tantas cosas. Como que podríamos escaparnos de esta ciudad para exorcizar su recuerdo. Como que podríamos irnos a mi casa, donde te trataría con tanto amor que tendrías que olvidarlo. Como que podríamos ir a la casa de él para que al fin cerraras ese ciclo que te tenía en estado catatónico.
Pero no atiné a nada más que abrazarte mientras tú llorabas en mi pecho. Tampoco pude preguntarte cuántas veces derramaste lágrimas en la soledad de tu cuarto, posiblemente mordiendo la almohada para que nadie pudiese escucharte. Cuántas veces fingiste para que tu pololo no sospechara nada. Cuántas noches sin dormir, porque hasta yo sentía el implacable peso de ese amor que arrastras encadenado en tu pecho.
Alondra, soy un idiota, porque desde ese día no he podido olvidar. No he podido borrar de mi mente la expresión de tus ojos, la sensación de tu amor inmenso, la extensión de tus recuerdos y el lazo eterno que te une a él. No soy idiota y no necesito preguntar cuánto lo amas… porque puedo sentirlo solo mirando tus ojos tristes.
¿Sabes qué es lo peor de todo? La certeza absoluta de que tampoco te soy indiferente. Sé que cuando estás conmigo ríes más. Sé que cuando estás conmigo te ruborizas de pronto. Sé que cuando estás conmigo me cuentas todos los cuentos que tu pololo nunca escuchará. Sé que cuando estoy contigo tomas mi mano con cierta intensidad incontrolable.
Como cuando cruzamos la calle y no te percataste de que venía un vehículo. Tomé tu mano para salvarte del desastre, corriendo rápidamente para que no te hiciera daño. Te dije: —Tonta—. Tú reíste y caminamos un largo trecho sin soltarnos… hasta que dijiste, ruborizada: —Aún me tienes tomada de la mano. La solté, gruñendo y metiendo las mías en mi bolsillo. Te reíste y me besaste la nariz.
Y eso es lo que me tiene atado a ti. La firme esperanza de que tal vez, en alguna dimensión, en otra línea de tiempo, en otro lugar, en otro espacio, puedas mirarme de la misma manera. Aunque sé que es una estupidez, porque tú no me quieres… no, no es eso. Es algo mucho más triste, es algo mucho más oscuro, es algo mucho más terrible.
No es suficiente para romper tu hechizo. No es suficiente para que pertenezcas a mí. No es suficiente para que estés con nadie. Solo con él. Y eso me rompe el corazón más que cualquier cosa.
Por eso te escribo esta carta, Alondra. Porque cuando la encuentres en tu casillero, yo estaré muy lejos. Volveré al norte a trabajar con mi padre. Volveré al desierto para invocar al olvido. Porque después de todo lo que aconteció entre nosotros, no puedo mirarte a la cara sin sentir que muero.
Te ama,
Esteban.



